"- DEMÓDOCO (padre del joven Téages) a SÓCRATES:
La siembra, o la concepción, o como haya que llamarla, de este hijo mío resultó la cosa más sencilla del mundo, pero su educación me resulta muy difícil y siempre estoy atemorizado y con miedo por él. (...) No podría imaginar una ganga mayor que verle a gusto en tu compañía y que tú estuvieras dispuesto a darle lecciones. Tanto me apetece que me da vergüenza decirlo, pero voy a suplicároslo a los dos: a ti, que consientas en aceptarle, y a ti, Téages, que no busques otro maestro que a Sócrates. Con ello me liberaréis de muchas y terribles preocupaciones, porque ahora siento un gran temor de que tropiece con cualquiera que me lo pervierta.
- SÓCRATES a DEMÓDOCO:
Como no dejo de repetir, yo soy una persona que, por así decrilo, no sé nada, excepto un insignificante conocimiento, el del amor. En cambio, en este conocimiento me considero más experto que cualquiera de los antepasados y de los hombres de nuestros días. (...) No, mi buen amigo, tú no te das cuenta de lo que ocurre, pero te lo voy a explicar. Hay en mí, por la gracia divina, un fenómeno demónico que me acompaña y empezó a manifestarse desde que era niño. Se trata de una voz, que, cada vez que se manifiesta, siempre me aparta de lo que voy a hacer, pero nunca me impulsa a ello.
- ARÍSTIDES a SÓCRATES:
Pero, sobre todo, mi progreso era mucho mayor cuando me sentaba junto a ti, pegado a ti y en contacto contigo."
Téages (dudoso) 121c, 127b, 128b, 128d y 130e.
Platón, Diálogos VII. Dudosos, apócrifos y cartas.