Pezpeludo es un fanático de las listas. Necesita hacer cada día una lista de lo que, según él mismo, debería hacer. Incluso ha leído un libro sobre
una señora que hacía listas, para ver si alguna le interesaba. Al final del día, tacha en su lista todo aquello que ha hecho, y la lista de tareas pendientes se vuelve más pequeña.
Pero hay una lista que sólo crece, lenta y aterradoramente: la lista de los que en algún momento fueron sus productos favoritos y ahora han retirado del mercado. En esa lista, además de aquellas galletas con relleno blanco que tanto le gustaban y los yogures de naranja, también está el peine para peces.
Y el único peine para peces que Pezpeludo tenía ha acabado por perder sus últimas y ya algo decrépitas púas esta mañana. Ahora ya no queda ningún peine para peces en ninguna tienda de las profundidades.
Tras los primeros momentos de pánico, Pezpeludo ha conseguido superar su bloqueo y ha encontrado una solución.
Ha salido del agua para ir a preguntarle a Oveja si son ciertas las historias que cuentan sobre los esquiladores. Que le roban el alma a uno a cambio de su pelo. Oveja le ha dicho que sí, pero que no se preocupe, que los peces no tienen alma.
Pezpeludo se ha quedado perplejo y se ha ido muy pensativo. Y entonces, ¿qué es eso que le duele cuando como ahora no puede peinarse porque no quedan a la venta más peines para peces? ¿No es, acaso, su alma?
Dándole vueltas a la cuestión e intentando recordar qué decían al respecto los teólogos medievales, ha llegado, sin darse cuenta, al negocio del esquilador. Tengan o no alma los peces, no le ha parecido que el esquilador tuviera aspecto de ladrón de almas, así que ha entrado para cortarse el pelo.
El esquilador ha empuñado su maquinaria y lo ha pelado entero. Y cuál no habrá sido la sorpresa de Pezpeludo cuando, al desaparecer su mata de pelo, han salido a la luz ocho tentáculos de pulpo. ¡Y él pensando que era un pez!
Ha vuelto corriendo donde Oveja para preguntarle si los pulpos sí tienen alma. Pero cuando ha llegado, sin pelo, con ocho tentáculos y con todo el aspecto de un pulpo, ella no lo ha reconocido y creyendo que era un vendedor ambulante, se ha enamorado al instante de él y allí mismo bajo el dintel de la puerta, sin muérdago ninguno, le ha dado un beso y a Pezpeludo le ha gustado mucho más que aquella vez que lo intentaron pero con tanto pelo por ambas partes no hubo manera y no ha querido decirle nada para que no parara de besarle los tentáculos y en ello estaban cuando se ha acordado de que hoy no había hecho su lista y ahora ya no sabe si se ha olvidado porque los
pulpos no tienen memoria o porque le han robado el alma.