30/11/2006

Bienes muebles e inmuebles


Nintotchka ya había estado en casa de León. Cuando vuelve por segunda vez, le pregunta dónde está la foto que antes estaba sobre el escritorio. Él, sin hablar, saca del cajón el retrato de su amante, la Gran Duquesa Swana.
Ella le dice: “Nunca me pidas una foto, me asfixiaría en un cajón

Ernst Lubitsch, 28 enero 1982 – 30 noviembre 1947


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27/11/2006

En el circo


"Nací para poeta o para muerto"
(...)
Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
-hacer reír a los clientes desahuciados-,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.
(...)

Gloria Fuertes 28 julio 1917 - 27 noviembre 1998




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23/11/2006

En el palenque


"Préndeme fuego si quieres que te olvide,
méteme tres balazos en la frente,
haz con mi corazón lo que tú quieras
y después, por amor, declárate inocente.

Haz a un lado tu orgullo y tus encantos,
yo te voy a querer de todos modos
porque soy superior con mi cariño
al amor que te traigan entre todos."

José Alfredo Jiménez
19 enero 1926 - 23 noviembre 1973
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19/11/2006

En las escrituras


Al principio fue el verbo  
(por eso no hay “preverbios”, sino "proverbios")
Y el verbo se hizo carne.
Y la carne tuvo hambre,
que es como decir transitividad,
y comió una manzana.
Eva come una manzana. ¿Qué come Eva? Una manzana directa.
Y la carne, que no tenía experiencia en metabolizar fruta vegetal, enfermó.
Por prescripción facultativa
N-A-D-A de palíndromos ni de merendar compota.
Esto es lo que los expertos llaman un mito adverbial,
por eso ahora “es así”.

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13/11/2006

Bajo el dintel


Pezpeludo es un fanático de las listas. Necesita hacer cada día una lista de lo que, según él mismo, debería hacer. Incluso ha leído un libro sobre una señora que hacía listas, para ver si alguna le interesaba. Al final del día, tacha en su lista todo aquello que ha hecho, y la lista de tareas pendientes se vuelve más pequeña.
Pero hay una lista que sólo crece, lenta y aterradoramente: la lista de los que en algún momento fueron sus productos favoritos y ahora han retirado del mercado. En esa lista, además de aquellas galletas con relleno blanco que tanto le gustaban y los yogures de naranja, también está el peine para peces.
Y el único peine para peces que Pezpeludo tenía ha acabado por perder sus últimas y ya algo decrépitas púas esta mañana. Ahora ya no queda ningún peine para peces en ninguna tienda de las profundidades.
Tras los primeros momentos de pánico, Pezpeludo ha conseguido superar su bloqueo y ha encontrado una solución.
Ha salido del agua para ir a preguntarle a Oveja si son ciertas las historias que cuentan sobre los esquiladores. Que le roban el alma a uno a cambio de su pelo. Oveja le ha dicho que sí, pero que no se preocupe, que los peces no tienen alma.
Pezpeludo se ha quedado perplejo y se ha ido muy pensativo. Y entonces, ¿qué es eso que le duele cuando como ahora no puede peinarse porque no quedan a la venta más peines para peces? ¿No es, acaso, su alma?
Dándole vueltas a la cuestión e intentando recordar qué decían al respecto los teólogos medievales, ha llegado, sin darse cuenta, al negocio del esquilador. Tengan o no alma los peces, no le ha parecido que el esquilador tuviera aspecto de ladrón de almas, así que ha entrado para cortarse el pelo. 
El esquilador ha empuñado su maquinaria y lo ha pelado entero. Y cuál no habrá sido la sorpresa de Pezpeludo cuando, al desaparecer su mata de pelo, han salido a la luz ocho tentáculos de pulpo. ¡Y él pensando que era un pez!
Ha vuelto corriendo donde Oveja para preguntarle si los pulpos sí tienen alma. Pero cuando ha llegado, sin pelo, con ocho tentáculos y con todo el aspecto de un pulpo, ella no lo ha reconocido y creyendo que era un vendedor ambulante, se ha enamorado al instante de él y allí mismo bajo el dintel de la puerta, sin muérdago ninguno, le ha dado un beso y a Pezpeludo le ha gustado mucho más que aquella vez que lo intentaron pero con tanto pelo por ambas partes no hubo manera y no ha querido decirle nada para que no parara de besarle los tentáculos y en ello estaban cuando se ha acordado de que hoy no había hecho su lista y ahora ya no sabe si se ha olvidado porque los
pulpos no tienen memoria o porque le han robado el alma.
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05/11/2006

En la cama


Algunos de los atributos de la carne son insustituibles, como el latido de un cuerpo desmadejado tras una sesión de piel. Otros, como la cercanía de un otro tibio bajo las sábanas, si bien no son igualados por nada, han encontrado en la tecnología una especie de sustituto, con las ventajas y desventajas que lo inanimado conlleva.
El mozo se ha comprado una manta eléctrica.
Por las mañanas, cuando suena el despertador, la pone en funcionamiento y su calor hace que no añore ninguna temperatura corporal ajena y que no se sienta ya desde tan temprano enfrentado a todas las horas del día. Por la noche, cuando se acuesta, activa el temporizador para llegar despreocupadamente al sueño.
La manta no emite ningún ruido, no da vueltas y más vueltas buscando postura y perdiéndola inmediatamente. Cierto es que tampoco le da masajes, pero alivia sus molestias musculares, sus tirones y sus dolores de espalda.
La manta no tiene expectativas, ni malos o buenos humores. Mide aproximadamente dos por dos metros, casi cuatro metros cuadrados de extensión de contacto. Nunca había tenido un amor tan superficial y tan grande al mismo tiempo.
Pero como todas las adicciones, la de la manta también ha hecho que nazca en él un miedo a la pérdida. El mozo la conecta siempre al mismo enchufe como incierta manera de mutua fidelidad. A lo que no sabe como enfrentarse y aquello que le crea un pánico atroz es anticipar en su pensamiento el momento en el que se vaya la luz.


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