En la consulta del médico
Los últimos y desesperados intentos ya no son intentos, sino esa baza que no deberíamos haber jugado. No son intentos ni siquiera para quienes los llevamos a cabo porque nacen muertos. La última copa con la que probamos a hacer más soportable la que iba a ser una noche de fiesta, el último cigarro para tranquilizarnos fumado a las puertas del edificio del hospital donde llevamos horas, la última llamada hecha sin esperanza de ser descolgada, la conclusión que redunda en el escueto informe.
Más o menos por algo parecido a todo esto, a todo este excedente de acciones y a una cantidad similar de su opuesto por defecto, es decir, de omisiones, y otros muchos factores concurrentes, estaba yo allí, en medio de un parque de atracciones abandonado, en la consulta del Doktor del pasado.
Colores chillones y polvorientos. Moles de metal retorcidas y silenciosas. Luces y letreros de neón apagados. Muñecos de feria articulados en posturas de pausa. Atracciones con espejos factoriales.
El Doktor habla y el verde de sus palabras hace que me cuele entre sus dientes. El pasado en su sonrisa es tan remoto como Chtulú, pero tan manejable y productivo como las tablas de multiplicar.
El Doktor parece un filósofo antiguo fantaseando con cosmogonías.
- “Todo ser generado y sujeto a las revoluciones temporales tiene un pasado, elige el tuyo, elige todos los que quieras”.
El Doktor del pasado no es partidario de los métodos introductorios y me inicia directamente. Bromea con mis intocables. Se ríe de mi obsesión por permanecer a este lado, a un solo lado. Abre mis piernas y agrieta el suelo entre ellas. Me cuenta un chiste mientras la grieta bajo mis pies se ensancha y se convierte en precipicio.
- “Por qué empeñarse en una carta, querida, pudiendo jugar con todas las cartas de la baraja, con todas las cartas de todas las barajas de todos los tiempos”.
Del abismo que se abre bajo mis piernas llueven hacia arriba cientos de naipes que revolotean por toda la consulta, todos boca arriba y todos del reverso. Y todos tienen su cara. Todos son Jokers que suben flotando de lo insondable.
- “El pasado os seca y a mí me reverdece, yo soy verde musgo, soy la humedad exprimida del paso del tiempo”.
Me meto en su boca, el interior del Doktor del pasado es ácido como un limón verde. Me disuelve. En él están todos los pasados, todos los recuerdos, todos los rostros, la arena de todos los sueños -…arena y limón… veranos ahogados…- todas las posibilidades sincrónicamente. El Doktor es la puerta al pasado quántico.
Me da a besar las bocas del pasado, primitivos con sabor a reptil y escribientes con pieles de pergamino, códigos géneticos, enzimas, proteínas. La reverberación de las ondas sonoras de todas las palabras pronunciadas a lo largo de la historia del ser humano me acaricia, el Doktor me acaricia, mete sus dedos entre los pliegues de mis circunvoluciones cerebrales y se los lleva a la boca para saborearlos, saborear mi pasado químico, comérselo, apropiárselo, recorrer con su lengua todo mi historial sináptico.
- “He probado vidas más jugosas, querida, no tienes tanto que ofrecerme, vas a tener que ir abandonando mi consulta, la Humanidad me espera”.
Más o menos por algo parecido a todo esto, a todo este excedente de acciones y a una cantidad similar de su opuesto por defecto, es decir, de omisiones, y otros muchos factores concurrentes, estaba yo allí, en medio de un parque de atracciones abandonado, en la consulta del Doktor del pasado.
Colores chillones y polvorientos. Moles de metal retorcidas y silenciosas. Luces y letreros de neón apagados. Muñecos de feria articulados en posturas de pausa. Atracciones con espejos factoriales.
El Doktor habla y el verde de sus palabras hace que me cuele entre sus dientes. El pasado en su sonrisa es tan remoto como Chtulú, pero tan manejable y productivo como las tablas de multiplicar.
El Doktor parece un filósofo antiguo fantaseando con cosmogonías.
- “Todo ser generado y sujeto a las revoluciones temporales tiene un pasado, elige el tuyo, elige todos los que quieras”.
El Doktor del pasado no es partidario de los métodos introductorios y me inicia directamente. Bromea con mis intocables. Se ríe de mi obsesión por permanecer a este lado, a un solo lado. Abre mis piernas y agrieta el suelo entre ellas. Me cuenta un chiste mientras la grieta bajo mis pies se ensancha y se convierte en precipicio.
- “Por qué empeñarse en una carta, querida, pudiendo jugar con todas las cartas de la baraja, con todas las cartas de todas las barajas de todos los tiempos”.
Del abismo que se abre bajo mis piernas llueven hacia arriba cientos de naipes que revolotean por toda la consulta, todos boca arriba y todos del reverso. Y todos tienen su cara. Todos son Jokers que suben flotando de lo insondable.
- “El pasado os seca y a mí me reverdece, yo soy verde musgo, soy la humedad exprimida del paso del tiempo”.
Me meto en su boca, el interior del Doktor del pasado es ácido como un limón verde. Me disuelve. En él están todos los pasados, todos los recuerdos, todos los rostros, la arena de todos los sueños -…arena y limón… veranos ahogados…- todas las posibilidades sincrónicamente. El Doktor es la puerta al pasado quántico.
Me da a besar las bocas del pasado, primitivos con sabor a reptil y escribientes con pieles de pergamino, códigos géneticos, enzimas, proteínas. La reverberación de las ondas sonoras de todas las palabras pronunciadas a lo largo de la historia del ser humano me acaricia, el Doktor me acaricia, mete sus dedos entre los pliegues de mis circunvoluciones cerebrales y se los lleva a la boca para saborearlos, saborear mi pasado químico, comérselo, apropiárselo, recorrer con su lengua todo mi historial sináptico.
- “He probado vidas más jugosas, querida, no tienes tanto que ofrecerme, vas a tener que ir abandonando mi consulta, la Humanidad me espera”.
